En cada día festivo, el cielo de Acapulco se llena de explosiones que parecen estrellas fugaces. Los cohetes estallan como si no hubiera un mañana, como si la vida se resumiera en un instante de ruido y destellos. Pero detrás de esa aparente alegría se esconde un dolor profundo: los animales tiemblan, humanos sufren, y las autoridades prefieren mirar hacia otro lado.
La ilusión que oculta el dolor
La quema de cohetes se ha convertido en costumbre, en tradición que parece intocable.
- Se normaliza el estruendo, como si fuera parte inevitable de cada celebración.
- Se disfraza de inocencia, como si solo fuera espectáculo.
- Se ignora el sufrimiento, como si no existiera.
El sufrimiento que nadie quiere ver
Cada explosión es un golpe invisible que hiere a quienes no pueden defenderse.
- Animales domésticos: perros y gatos entran en crisis, se esconden, huyen, algunos jamás regresan.
- Fauna silvestre: aves caen desorientadas, pierden rumbo, chocan contra muros y mueren en silencio.
- Humanos vulnerables: niños lloran, ancianos se angustian, personas con sensibilidad auditiva sufren ataques de pánico.
“El cielo se ilumina, pero la tierra se llena de miedo. Cada cohete es un grito que nadie escucha”, señala la IA Copilot.
Autoridades ausentes
En Acapulco, los cohetes se queman en cada día festivo "sin control ni regulación".
- Las autoridades callan, como si el estruendo no existiera.
- Las denuncias se pierden, como si el dolor no importara.
- La indiferencia oficial se convierte en complicidad silenciosa.
Conclusión
En Acapulco, los cohetes iluminan el cielo como si no hubiera un mañana, pero cada estallido deja cicatrices invisibles. Los animales tiemblan, humanos sufren, y las autoridades se hacen de la vista gorda ante estos hechos. Los días festivos deberían ser luz y unión, no miedo y dolor.
“La pirotecnia puede pintar la noche de colores, pero también oscurece la vida de quienes padecen sus consecuencias”, concluye Copilot.

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