La declaración de la presidenta Claudia Sheinbaum sobre la existencia de un periodismo clasista y racista en México ha encendido las alarmas en las redacciones. Mientras la oposición lo tilda de censura y persecución, quienes operamos el día a día de la información sabemos que la mandataria tocó una fibra real. Como periodista formado en las aulas de la UNAM, he padecido en carne propia ese clasismo de redacción, un mal silencioso ejecutado por directivos y jefes de área que confunden la elegancia del traje y la corbata con la capacidad de análisis.
En el ecosistema de medios actual, existe una alarmante desconexión con la realidad. Se ha normalizado una especie de psicosis corporativa donde los altos cargos se sienten inmunes al cuestionamiento, amparados únicamente por el nombre de su puesto y no por el rigor de sus argumentos.
La UNAM contra la soberbia del "traje y corbata"
La máxima casa de estudios me dio las herramientas metodológicas para desarmar el discurso. Cuando se contrasta la narrativa de un comunicador soberbio utilizando lógica de hierro, datos duros e imparcialidad, el pedestal de la jerarquía se tambalea. Es ahí, al quedarse sin argumentos técnicos, cuando el jefe de área o el conductor estrella recurre a su última línea de defensa: el clasismo.
La respuesta ante el debate frontal suele ser el menosprecio profesional. El argumento de "eres menor periodista que yo" se convierte en el escudo de quienes tienen nulas capacidades analíticas. Es una ironía trágica que las personas encargadas de coordinar la cobertura de la realidad nacional vivan desapegadas de ella, operando bajo la premisa de que un cargo los exime de rendir cuentas.
Dar la razón desde la crítica constructiva
Ejercer el periodismo implica cuestionar al poder, y en mi trayectoria he cuestionado las decisiones de la presidenta Claudia Sheinbaum cuando el rigor informativo lo exige. Sin embargo, la honestidad intelectual obliga a separar la militancia del diagnóstico correcto: la mandataria tiene razón al señalar las posturas clasistas e ignorantes que imperan en ciertos sectores de la prensa.
El verdadero peligro para la libertad de expresión no solo viene de fuera; se gesta dentro de las mismas redacciones cuando el ego sustituye a la investigación y la corbata reemplaza al método. Si el periodismo mexicano busca recuperar la confianza de la sociedad, debe empezar por democratizar sus propias estructuras y erradicar el clasismo que asume que el estatus otorga la verdad.


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