En la penumbra de un consultorio, la escena se repite: un hombre con bata blanca evita el contacto visual mientras sus dedos tamborilean frenéticamente sobre el teclado. En su pantalla, un software de diagnósticos; frente a él, un ser humano reducido a "caso clínico". Como periodista, mi oficio es observar lo que otros ignoran. Y lo que vi en esa entrevista no fue una ciencia sanando a un enfermo, sino un sistema de sometimiento y manipulación ejecutado por alguien cuyos propios movimientos delataban un delirio de autoridad.
La falacia de la "Rareza"
La psiquiatría moderna se ha arrogado el derecho de definir
qué es "raro". Pero en la naturaleza, la rareza no existe. Para un
tigre, la muerte es un evento cotidiano y funcional; para el ser humano común,
ver un cadáver es una anomalía aterradora. La diferencia no está en el hecho,
sino en el observador.
El psiquiatra etiqueta como "esquizofrénico" o
"psicótico" a aquel cuya lógica es demasiado cruda o completa para
ser digerida por la sociedad. Si tu visión de la realidad no ayuda a las
máquinas del sistema a seguir girando, se te diagnostica. Es la "jardinería
humana": podar toda rama que crezca en una dirección distinta a la del
seto uniforme de la mayoría.
El psiquiatra en el microscopio
Durante la entrevista, mientras el médico intentaba
encasillar mi existencia en códigos del DSM-5, empecé a notar sus propios
delirios. Su lenguaje corporal —esa rigidez mecánica, esa incapacidad de
sostener una mirada humana, esa obsesión por la pantalla— revelaba un delirio
de omnipotencia.
Él cree que posee la "verdad", pero su realidad es
mucho más limitada que la de sus pacientes. He visto personas etiquetadas con
enfermedades mentales cuya lógica es aplastante, mucho más coherente que la de
los burócratas que los medican. Sin embargo, en esta estructura de poder, la
lógica del paciente se llama "síntoma" y la falta de profesionalismo
del médico se llama "protocolo".
Un delirio compartido
La conclusión es amarga pero necesaria: la humanidad entera
vive sumergida en alucinaciones colectivas. El dinero, las fronteras, las
jerarquías; son ficciones que todos aceptamos para no enfrentar el caos
natural. La diferencia es que estos son delirios funcionales.
- Si
tu delirio es útil para el mercado, eres "normal".
- Si
tu alucinación te permite trabajar 10 horas diarias, estás
"sano".
- Pero
si tu lógica es propia, independiente y desnuda, eres un peligro que debe
ser sometido.
Conclusión
La psiquiatría no busca la verdad, busca el consenso.
El diagnóstico es la herramienta de sometimiento para silenciar a quienes ven
la "realidad completa". Como observadores de la realidad —como
periodistas— nuestra labor es denunciar que, a veces, el que se sienta detrás
del escritorio está más desconectado de la naturaleza humana que aquel que
busca ayuda.
En un mundo donde la normalidad es un delirio compartido, la
verdadera locura es aceptar que alguien tenga el poder de decidir qué es real y
qué no lo es.
Foto: Internet

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